Notre Damme - Artealizando.com

Hay lugares que deben visitarse, que deben disfrutarse, olvidando lo que sabemos o creemos saber. Debemos mirarlos a través de los ojos del niño que aun desconoce mucho pero intuye casi todo. Notre Damme de París es uno de ellos.

 

Catedral de Notre Dame de París, cuna del gótico clásico, podemos hacer de ella un análisis morfológico, describiendo su ancha nave central de cinco tramos acompañada a cada uno de sus lados por dos más estrechas con el doble de tramos que la principal. Podemos hablar de su galería, triforio y su claristorio, de sus crucero no resaltado en planta, de su bóveda sexpartita,  de su amplia cabecera de seis tramos, de su gran ábside, de sus arbotantes, sus botareles y sus pináculos, de sus gárgolas, de sus magnificas vidrieras, de la escultura de sus portadas, de sus torres, de su rosetón, de sus capillas, sus arcos apuntados, de su iconografía… pero lo realmente importante, o más bien destacable es la sensación que al ponerte ante ella, al atravesar sus puertas, al recorrer sus naves sigue despertando. Esa sensación que con el paso de los años, los siglos, sigue siendo la misma.

Al colocarte frente a ella, una gran construcción, robusta e impresionante atrae tu atención haciendo que en esta estresante y rápida vida que llevamos dediques unos segundos, unos minutos, quizá varios a disfrutar de esa sensación de encontrarte ante algo grande, distinto, atrayente, finalmente distinto. No es necesario comprender lo que su escultura quiere decirnos, sabemos que tiene un mensaje para el cual no necesitamos ningún tipo de conocimiento.

Nos llama, y nos dejamos llevar, nos acercamos a sus puertas y penetramos en ella. Ya estamos dentro y una sensación empieza a invadirnos. Recorremos sus naves, pero la sensación no es de caminar, parece que flotáramos. Un mágico ambiente, la sensación de algo diferente. Esa atmósfera es totalmente distinta, parece irreal. Los colores, ese aire que parece elevarnos. Nuestros ojos recorren los contrastes de color mientras avanzamos por ella. Una sensación de tranquilidad, de estar a salvo, de estar en un lugar con una extraña paz. Recorremos sus rincones ávidos de conocer el secreto del ambiente, pero no. No podemos achacarlo a algo en particular. Es más bien el conjunto, su forma y disposición, su armonía, su color, su luz. Finalmente nuestros pasos nos llevan de nuevo hacia la puerta y nos encontramos fuera otra vez. Ya no tenemos tiempo y hemos de abandonar el lugar. Volvemos la vista y un último vistazo nos recuerda que no olvidaremos ese ambiente, esa sensación.

Todo lo que hemos sentido es lo que buscaban los promotores, los constructores y demás personas que participaron en esta obra. Era exactamente lo que la época, la cultura, quería reflejar. Trataban de mostrar un dios cercano, de mostrar un ambiente celestial, la luz de Dios. A margen de si se profesa alguna religión, sea cual sea, o si no es así, esta sensación atrapará de igual modo, ya que es el reflejo de lo un pueblo, una cultura, quizá solo algunos hombres sentía y querían hacer sentir.

 

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